WELLES ACTOR / Paolo Mereghetti – Colección “Grands cinéastes”

Orson Welles The Third Man

Quizá sólo el cineasta italiano Vittorio de Sica puede jactarse de haber tenido una carrera tan rica delante y detrás de la cámara. Intérprete de todos sus filmes salvo El cuarto mandamiento, donde se atribuye el papel de narrador, Welles apareció en más de cien películas, a veces prestando su rostro, otras sólo su voz, a veces como protagonista absoluto, otras como secundario de lujo. Pero su presencia es siempre inolvidable.

Al principio de su carrera, su talento como actor parece indisociable de sus dones como director (al menos para “dirigirse a sí mismo”). Su participación en Estambul, que debía limitarse a los papeles de actor y productor, finalmente se extendió a la realización. Welles impartía indicaciones no sólo para filmar su personaje (el coronel Haki), sino también las escenas más importantes. Otro tanto ocurrió con Sed de mal.

Cuando llega a Europa buscando una atmósfera menos opresiva que la reinante en el Hollywood de la época, sigue considerándose una unidad indisoluble: actor y director. Y ejerce una influencia tan poderosa que contamina a cineastas dotados de una personalidad lo suficientemente consolidada como para tomar decisiones de manera autónoma: es probable que Welles no haya intervenido en la organización del rodaje de El tercer hombre (The Third Man, 1949), pero es indudable que el modo en que Carol Reed filma a Harry Lime, el contrabandista interpretado por Welles, evoca un estilo claramente wellesiano, hasta el punto de que durante muchos años se creyó en una especie de “puesta en escena conjunta”.

Con frecuencia sus interpretaciones nacen de viejas “deudas” (dinero recibido por adelantado y nunca devuelto, favores pendientes) o de imperiosas obligaciones financieras. De su estancia en Italia en los años cincuenta, por ejemplo, Welles siempre recordó los adelantos recibidos por películas  que después no rodó, interpretó con desgana o plegó a sus propias exigencias, como David e Golia (1959), de Richard Pottier, en la que impuso que el rodaje de sus escenas (cuyos diálogos evidentemente reescribía) debía empezar a partir de las cinco de la tarde para permitirle rodar su Don Quijote durante el día. Esto no impide que muchas de sus interpretaciones, aun las breves o muy breves, sean absolutamente geniales e inolvidables, como el padre Mapple en Moby Dick (Moby Dick, 1956), de John Huston; Will Varner en El largo y cálido verano (The Long, Hot Summer, 1958), de Martin Ritt; el cineasta perezoso de La ricotta (episodio de RoGOPaG, 1963), de Pier Paolo Pasolini; el coronel Cascorro en Tepepa (1968), de Giulio Petroni; el general Dreedle en Trampa-22 (Catch-22, 1970), de Mike Nichols, o el inquietante Cassavius en Malpertuis (Malpertuis, 1972), de Harry Kümel.

En todos estos papeles, Welles desplegó su talento de actor, su afición a la transformación (sin contar las narices y barbas postizas, los improbables maquillajes de vikingo o tártaro, de Tiresias o Benjamin Franklin), así como el placer que hallaba en sorprender a todo el mundo aceptando aparecer en pequeños, a veces minúsculos, filmes de serie B, C o incluso Z, en los que siempre brindaba a su público la demostración de un arte interpretativo único.

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